A mitad del siglo pasado, Joseph Campbell publicó El héroe de las mil caras y demostró que detrás de casi todas las grandes historias y mitos se esconde una estructura arquetípica: el viaje del héroe. Y esa estructura, curiosamente, se parece mucho a lo que nos pasa a quienes estudiamos arquitectura.
Haremos un recorrido breve por esas etapas, comparándolas con nuestro viaje por el mundo académico.
1.El mundo ordinario: El primer día de clases, con lápices, carpetas y marcadores nuevos, una ilusión intacta y la idea de que vas a cambiar el mundo con un solo trazo, que vas a diseñar una nueva versión de la Fallingwater o de la Biblioteca Virgilio Barco de Salmona.
2.La llamada a la aventura: Te asignan tu primer proyecto que te desafía: un equipamiento público en un barrio bumangués complejo y sin espacios públicos ni contexto uniforme, con un programa denso y norma restrictiva. De repente, la vida ya no te alcanza en horarios normales.
3.Rechazo de la llamada; La segunda o tercera semana de trabajo, a la 1 a.m., con la maqueta a medio empezar y tú trasladando la culpa al plotter de corte, mientras el render todavía está procesando porque confías más en una tarjeta de video que en tu capacidad de hacer bocetos y dibujos a mano. Te preguntas si esto realmente es para ti.
4.El mentor: Llega ese profesor o ese compañero de un semestre avanzado que, con empatía y un par de preguntas precisas te abre los ojos: “¿Qué pasa si giras el volumen para que tu arquitectura se relacione más armónicamente con las curvas del terreno y aproveches las visuales que se fugan hacia los cerros?”. No solo te abre los ojos, también te devuelve la fe.
5.Cruce del umbral: Pasas a revisión del proyecto. Te hacen muchas correcciones, los planos ahora están llenos de anotaciones, pero flota en ellos una idea central que sí funciona. Hay orden, geometría, coherencia y concepto. Ya no hay regreso: estás dentro.
6.Pruebas, aliados y enemigos: Años de correcciones exhaustivas, versiones infinitas, estructuras de las que dudas si aguantarán aquel voladizo extremo, plotters que fallan justo horas antes de la entrega. Los verdaderos enemigos son los detalles que se te olvidaron, tu propia impaciencia y esa tendencia a dejar todo para última hora. Los aliados: tus compañeros de curso, tus profesores empáticos que te miran a los ojos tratando de ayudarte en el camino, y esa humanidad de la institución que se manifiesta de formas distintas. Con todos ellos terminas compartiendo tiempo, una empanada en la cafetería, cartón paja, el bisturí, papel mantequilla…tu existencia.
7. Acercamiento a la cueva más profunda: Vas llegando a octavo semestre: tienes en mente un tema de proyecto de grado del cual no estás del todo seguro, porque la inseguridad ha hecho mella en ti, pero ya estás en Seminario de Investigación, has visto referentes, organizado parte del programa de áreas y entiendes más al usuario y ya sabes que viene lo más duro. Caminas hacia el dragón, pero todavía no entras… aunque ya se escucha su respiración.
8. La ordalía (el momento de mayor crisis, la “muerte simbólica” del héroe): El proyecto de grado. El momento en que concentras cinco años de aprendizaje en un solo trabajo. Hay noches largas, maquetas de trabajo con tus ires y venires, bocetos, rayones, muchas horas en la silla y el portátil y la sensación constante de que todo puede derrumbarse y que no te alcanzará el tiempo. Sientes mucha presión, una “muerte simbólica”, pero de allí obtendrás el renacimiento con tu esfuerzo.
9. La recompensa El jurado valora positivamente tu proyecto de grado, aunque los nervios hicieron que te temblara la voz al principio. Se aprueba la tesis —no siempre con honores—, pero escuchas una frase que lo cambia todo y que se te graba: “Este proyecto, si se construye, mejoraría la vida de muchas personas”. En ese momento entiendes profundamente para qué sirvió tanto esfuerzo. Y sientes, más fuerte que nunca, que quieres hacer del mundo un lugar más habitable, un lugar mejor.
10. Resurrección Te has puesto elegante y con toga y birrete te entregan el título y, de repente te das cuenta: ya no eres la misma persona que entró en primer semestre. Has muerto y has renacido como arquitecto o arquitecta.
11. Regreso con el elixir Sales al mundo llevando algo mucho más grande que el cartón que acabas de recibir: la capacidad real de tomar problemas complejos y convertirlos en espacios dignos, sostenibles, funcionales y bellos. Has traído al mundo un regalo que ahora puedes ofrecer a los demás. Puedes ahora devolver algo al mundo que tanto te ha dado.
No vamos a romantizar nada: todos dudamos, quizá todos los días. Pero cada hora invertida, cada corrección y exigencia recibida y cada pliego impreso y rediseñado forman parte de un proceso mayor: convertirte en alguien que puede, literalmente, hacer del mundo un lugar más habitable y más bello. Porque el héroe de esta historia no es quien nunca duda, sino quien, aun con las dudas de todos los días, sigue creyendo que la arquitectura es una de las herramientas más poderosas para reparar y mejorar la vida de los demás.
Ese héroe o heroína serás tú cuando alguien, algún día, entre por primera vez al espacio que diseñaste y sienta que el mundo es ahora un poco mejor.
Bienvenidos y bienvenidas al viaje.
Este artículo es un humilde homenaje a todos mis estudiantes durante todos estos años en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Santo Tomás de Bucaramanga.
Gracias por permitirme acompañarlos en su propio viaje del héroe.
Alejandro Ordóñez Ortiz.
